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8M DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER

ESCRITO POR NATALIA LESCANO (Redacción TM)

Durante siglos, la historia oficial contó guerras, reyes y constituciones sin nombrar apenas a la mitad de la humanidad. Si miramos solo los grandes titulares parece que los derechos de las mujeres “fueron llegando” con el progreso, casi por inercia. Pero cuando seguimos la línea del tiempo de cerca, vemos otra cosa: cada derecho llega tarde, se pelea durante décadas y muchas veces lo conquista alguien que no vivirá para disfrutarlo.​​

En 1848, en una pequeña iglesia de Nueva York, un grupo de mujeres escribió que “hombres y mujeres son creados iguales”. El mundo tardó setenta y dos años en concederles el primer derecho de aquella lista —el voto— y solo en un país.

Tenía 17 años y estaba en Mar del Plata, preciosa ciudad argentina donde solía veranear con mis padres, en una época en la que el machismo era tan normal que casi no se nombraba: los años noventa. Una mañana salí a correr por la costa. No estaba haciendo nada extraordinario: solo correr, como lo hacían los hombres desde siempre, sin pensarlo demasiado.

Un coche pasó despacio a mi lado y, desde la ventanilla, un hombre me gritó: “¡Andá a lavar los platos en vez de salir a correr!”. Sentí dos cosas al mismo tiempo: culpa, como si realmente estuviera haciendo algo mal, y bronca, porque en el fondo sabía que no. Volví a casa con la sensación rara de haber invadido un espacio que no me pertenecía, como si la calle y el deporte llevaran un cartel invisible de “propiedad privada” masculina.

Pero claro, ya han pasado más de treinta años y ahora esa escena insignificante me parece casi grotesca, pero también muy clara: ese grito no iba dirigido solo a mí, sino a todas las mujeres a las que, de una forma u otra, se les recuerda cuál es “su lugar”. Es la misma idea que subyace en las leyes que les negaban el voto, el acceso a la universidad o el derecho a divorciarse: el mundo público para ellos; el interior de la casa para ellas.​

En este artículo vamos a mirar de frente algo que casi nunca se cuenta: el tiempo que hizo falta para poder hablar de “derechos adquiridos” para las mujeres. Al final encontrarás una línea del tiempo con un resumen de los principales hitos que han ido cambiando la historia y que hoy permiten que mujeres como tú y como yo podamos estudiar, trabajar, votar, correr solas por la calle o decidir sobre nuestra vida. Aunque hemos avanzado mucho, todavía quedan derechos por conquistar. Vamos por partes.

En julio de 1848, unas trescientas personas (entre ellas cuarenta hombres) se reunieron en una iglesia metodista de Seneca Falls, Nueva York. Elizabeth Cady Stanton redactó una “Declaración de Sentimientos” inspirada en la Declaración de Independencia de Estados Unidos y se atrevió a corregirla: donde Jefferson había escrito “todos los hombres son creados iguales”, ella añadió “hombres y mujeres”.​

La prensa se burló del texto y el reverendo se negó a volver a prestar la iglesia. Durante los siguientes setenta y dos años, esas demandas quedaron en un cajón mientras cuatro generaciones de mujeres vivían y morían sin derecho al voto. Lo único que había cambiado era que, por primera vez, alguien se había atrevido a poner por escrito lo que faltaba.​​

Cuarenta y cinco años más tarde, en 1893, Kate Sheppard presentó al Parlamento de Nueva Zelanda una petición firmada por 32.000 personas para exigir el sufragio femenino, después de casi una década de campañas y ocho intentos fallidos. Ese año Nueva Zelanda se convirtió en el primer país soberano que reconocía el voto de las mujeres. En la mayoría del planeta, sin embargo, nada se movió.​​

En España, el foco estaba en otra puerta: la universidad. Hasta 1910, las mujeres solo podían entrar con permisos especiales, sentadas aparte y, a menudo, sin derecho a examinarse. Concepción Arenal llegó a estudiar Derecho en Madrid disfrazada de hombre, con sombrero y levita, y cuando fue descubierta solo se le permitió asistir como oyente. En 1910, una orden ministerial reconoció por fin el acceso oficial femenino a la universidad, más como prohibición de impedirlo que como una invitación entusiasta.

Mientras Estados Unidos aprobaba en 1920 la Enmienda 19, que reconocía formalmente el voto femenino (aunque millones de mujeres negras siguieron sin poder votar hasta 1965 por leyes racistas), en España todavía se discutía en el Congreso si las mujeres eran “lo bastante racionales”. Hubo diputados que equipararon su voto al de los menores de edad, convencidos de que votarían como les dijera el cura.​

En 1931, durante la Segunda República, se debatió por fin el sufragio femenino. La abogada y diputada Clara Campoamor defendió el derecho de las mujeres a votar frente a otra diputada, Victoria Kent, que pidió retrasarlo por miedo a que perjudicara a la propia República. El voto se aprobó y Campoamor ganó el debate… para perder luego su escaño: su partido no la incluyó en las siguientes listas electorales. En España, el primer gran “sí” político a las mujeres llevó la firma de una mujer a la que la historia oficial dejó años al margen.​

Clara Campoamor From NationaGeographic.com.es

IMAGEN DE NATIONAL GEOGRAPHIC (ES)

En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos proclamó que todas las personas, sin distinción de sexo, tienen los mismos derechos. Sobre el papel, era una revolución jurídica global. En la práctica, no había sanciones claras para los países que la ignoraban.​​

La España franquista de esos años mantenía la licencia marital: una mujer casada necesitaba el permiso escrito de su marido para trabajar, viajar, abrir una cuenta o ir a juicio. La Declaración Universal existía en la ONU; la licencia marital existía en la ventanilla del banco o en la oficina de empleo.​​

En 1951, la Organización Internacional del Trabajo aprobó el Convenio 100, que establece el principio de igual remuneración por trabajo de igual valor. Desde entonces, casi todos los países han incorporado algún tipo de prohibición de discriminación salarial… sobre el papel.​​

Hoy, la brecha salarial de género en España sigue en torno al 20 % en salario medio anual, después de varios años prácticamente estancada. Parte de esa diferencia se explica por más trabajo a tiempo parcial, más interrupciones de carrera y más peso de los cuidados sobre las mujeres. En la Unión Europea, las mujeres cobran de media un 11,1 % menos por hora que los hombres, lo que equivale a trabajar varias semanas “gratis” cada año.

Hasta principios de los noventa, la violencia ejercida por la pareja se veía muchas veces como un “asunto privado”. En 1993, la ONU la reconoció explícitamente como una violación de derechos humanos al aprobar la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.​​

España dio un salto en 2004 con la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, que creó juzgados específicos, órdenes de protección y recursos especializados. Sin embargo, desde que existen registros oficiales (2003) hasta finales de 2025, 1.298 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en España, 48 de ellas solo en 2025. La ley existe; la violencia, también. Y cada cifra es una vida entera que no llegó a ver cumplida la promesa de protección que se le debía.​

En 2017, el hashtag #MeToo estalló en redes sociales cuando la actriz Alyssa Milano pidió a las mujeres que compartieran sus experiencias de acoso y agresión sexual. En veinticuatro horas, más de un millón de personas habían usado la etiqueta y en una semana se había extendido a 85 países. Lo que reveló no fue un problema nuevo, sino su escala: el acoso callejero, laboral o sexual dejaba de ser algo “que te pasó a ti” para convertirse en un patrón colectivo.​

En 2022, España dio otro salto clave al aprobar la llamada ley del “solo sí es sí”, la Ley Orgánica 10/2022 de garantía integral de la libertad sexual, que coloca el consentimiento en el centro: solo hay relación sexual lícita cuando la voluntad de la persona se expresa de forma clara y libre. La norma elimina la antigua distinción entre “abuso” y “agresión” sexual y establece que cualquier acto sexual SIN CONSENTIMIENTO es agresión, lo que supone un cambio profundo en cómo el derecho nombra y entiende la violencia sexual, aunque su aplicación haya generado debates y reformas posteriores.

En paralelo, la Unión Europea ha aprobado una nueva Estrategia de Igualdad de Género que, desde 2026, fija objetivos como la paridad en los consejos de administración, la transparencia salarial o licencias de paternidad igualitarias. El Foro Económico Mundial calcula, aun así, que al ritmo actual harán falta unos 169 años para cerrar la brecha económica de género a escala mundial.​

Si miramos la historia del feminismo como una sucesión de fechas, vemos logros: 1848, 1893, 1931, 1948, 2004, 2017, 2022, 2026. Si la miramos desde dentro, vemos sobre todo ESPERA: generaciones enteras viviendo en los años vacíos entre una petición y una ley, entre una declaración de derechos y una ventanilla que sigue diciendo que no.​

La chica de 17 años a la que mandaron “a lavar los platos” por salir a correr estaba viviendo, sin saberlo, en la cola de esa historia. Hoy, más de treinta años después, puede nombrar aquello como acoso, leer estadísticas de asesinatos machistas y de brecha salarial, y entender que no era una anécdota aislada, sino una pieza más de un sistema que ha tardado casi dos siglos en empezar a ser discutido en serio.​

Y, a la vez, esa misma historia le recuerda que nada de lo que hoy parece “normal” (que una mujer corra sola, vote, estudie, cobre un sueldo o se divorcie) llegó sin que alguien pagara antes el precio de ser la primera.

¡FELIZ DÍA DE LA MUJER!

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