DE DORMIR EN UN COCHE A ENDULZAR TELDE: La historia de Carmelo Vega
Nota: Este contenido amplía, traduce o complementa un artículo que aparece en la edición impresa Nº2 de Telde Magazine.
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UN ENCUENTRO EN LA PLAZA DE SAN GREGORIO
Los adoquines de la plaza de San Gregorio, testigos mudos de siglos de historia teldense, acogieron una mañana una conversación tan auténtica como la misma Telde. Entre el pulso cotidiano del municipio, Carmelo Vega, dueño de las celebradas Pastelerías Ojeda, compartió con Telde Magazine no solo la travesía de su negocio, sino una lección viva sobre la capacidad humana para transformar las circunstancias con harina, azúcar y una dosis imbatible de amor.
Con un café humeante entre las manos, el hombre que una vez durmió en el coche y que hoy es un referente gastronómico local, se acomodó en este espacio que ha visto nacer generaciones. Su relato es la prueba de que los comienzos más austeros pueden ser el fermento de los sueños más dulces.
LA VOCACIÓN DE UN «BUSCAVIDAS»

“Soy un buscavidas”. La frase sale con la naturalidad de quien ha hecho de la iniciativa emprendedora su razón de ser. Tras diecinueve años como policía, una etapa que lo llevó por toda la península, Carmelo descubrió que su verdadera pasión no estaba en hacer cumplir la ley, sino en crear. Esta inquietud no fue un destello repentino; durante su trayectoria en el cuerpo, ya había diversificado sus intereses con varios pequeños negocios, impulsado por una necesidad innata de construir algo propio.
Aquellos años de disciplina y estructura militar se convirtieron en sus primeras herramientas. Combinados con una década viviendo en Madrid, donde experimentó con diversos negocios, forjaron en él una base sólida para comprender la organización empresarial. Sin embargo, Carmelo es rápido en señalar el pilar fundamental de su éxito: su esposa, Maria. “A Maria le gusta mucho la elaboración, la cocina. Ella es la creativa, yo soy el ejecutor”, explica con un tono de admiración. Esta complementariedad ha sido la clave: Maria aporta la innovación y la pasión por las ideas, mientras Carmelo construye la estructura y el liderazgo necesario para escalar un negocio.
DE LA INCERTIDUMBRE DE UNA PANDEMIA A LA EXPANSIÓN
La primera Pastelería Ojeda abrió sus puertas en San Juan en un momento de incertidumbre global como fue la pandemia, Carmelo y María vieron una oportunidad donde otros solo veían riesgo. Su apuesta fue acertada. Los resultados fueron tan positivos que, apenas seis meses después, inauguraron una segunda sucursal en la misma plaza de San Gregorio donde hoy conversamos.
Este crecimiento exponencial no fue fruto de la casualidad, sino de una fórmula ejecutada con precisión: pasión por el producto, disciplina operativa y un liderazgo que valora el capital humano. “Quiero gente comprometida en el proyecto. Que forme parte. Que lo sientan propio, porque mi idea es que el negocio lo hacen todos, cada día”, comenta Carmelo. Su filosofía refleja una comprensión profunda: el éxito es un acto colectivo.
LOS ERRORES COMO COMBUSTIBLE Y UN LIDERAZGO CON EMPATÍA
En un mundo donde los emprendedores suelen esconder sus tropiezos, Carmelo los coloca sobre la mesa como lecciones vitales. “Los errores son positivos porque ayudan a que la mente esté activa, que busque soluciones. Ante el fracaso no me desaliento, sino más bien lo tomo como un reto”, reflexiona.
Esta mentalidad se forjó en el fuego de los inicios difíciles. Al preguntarle sobre el miedo al fracaso, la emoción aflora. “No tengo miedo en absoluto”, dice con la voz quebrada. “Me vas a hacer llorar al recordar mis inicios. Dormí en un coche”. Su tono se vuelve más íntimo, más vulnerable. “Cuando creas desde la nada, luego todo es posible. Ya pierdes el miedo a fracasar”. Aquella decisión de dejar un trabajo estable por una incertidumbre fue tachada de locura por muchos. Hoy, sus pastelerías prósperas son el testimonio más elocuente de su coraje.
Según Carmelo, un líder auténtico debe poseer tres cualidades básicas: empatía, respeto por la vida de las personas y disciplina. Carmelo no es un líder de despacho, sino uno que “se mete en el barro”, que escucha y que tiene la humildad de rectificar. Su mayor preocupación no es el fracaso comercial, sino el bienestar de su familia, su fuente de fuerza inagotable.

LA PALABRA COMO LEGADO Y EL COSTE DEL SACRIFICIO
En una era de complejos contratos, Carmelo defiende un valor casi ancestral: la palabra dada. “Soy hombre de ‘mano’ más que de acuerdos súper controlados. La palabra vale más que cualquiera de estas cosas”, subraya. Prefiere a las personas antes que a la política. Para él, ser serio, trabajador y disciplinado no son opciones, sino obligaciones morales.
Sin embargo, es profundamente honesto sobre el precio de la ambición. “Es difícil el equilibrio entre vida familiar y laboral… esto quita tiempo a mi vida familiar. Pero mi familia me apoya”, reconoce. En el sector de la hostelería, este sacrificio es particularmente alto, un “peaje” que paga con la convicción de que para que un proyecto crezca, debe ser cuidado como un hijo.
MIRANDO AL FUTURO: TELDE EN EL HORIZONTE
Las Pastelerías Ojeda son solo el comienzo. Carmelo ve su éxito como una plataforma para devolverle a Telde la confianza que depositó en él. Como empresario e inversor, está inmerso en la creación de eventos, festivales y espacios musicales pensados para 2026. “Creo que es un buen momento para emprender en Telde, invertir aquí”, sostiene con energía. Su visión es comunitaria: “Es importante ayudar a crecer a la comunidad. Dar calidad, ser serios y contribuir”.
Antes de despedirnos, Carmelo insiste en aclarar el rol de Mary. “La unión con Mary ha sido y es muy importante. Ella me da calma, me ayuda a crecer. Es mi fiel escudera en todo”. Y luego, con un respeto que define su relación, precisa: “Pero quiero aclarar, no escudero porque sea inferior. Es mi par”. En esa aclaración reside la esencia de un equipo que ha demostrado que, con la mezcla perfecta de ejecución y creatividad, no hay sueño que no se pueda hornear.
La historia de Carmelo Vega es un recordatorio potente de que el éxito verdadero no se mide solo en balances financieros, sino en la capacidad para edificar comunidad, inspirar a otros y, sobre todo, en la resiliencia para transformar los desafíos en la más dulce de las victorias.
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