La Sociología «herbal» en un barrio de Telde
Entré a la frutería Ajo y Agua, aquí en Telde… a saludar a Eli, su propietaria. Salí con un doctorado honorífico en sociología herbal y una vergüenza colectiva que todavía me pesa.
La culpa la tienen tres frascos de cristal sobre un mantel de cuadros amarillos.
Eli, que tiene ese don raro de saber lo que necesitas antes de que tú mismo lo sepas, había colocado en la mesa principal tres enormes recipientes de infusiones a granel, con su etiqueta Golden Tea bien puesta y los tres con un aire de saber más de ti que tu médico de cabecera. Entre tomates, manzanas y huevos, presidían el espacio como si fueran el altar mayor de una iglesia moderna y bastante preocupada. El primero: antiinflamatorio. El del medio: refuerzo del sistema inmune. El tercero: relajante.

Eli fue explicando cada infusión mientras las señalaba: «para la inflamación, para las defensas, y la tercera, relajante… que lleva cannabis«, dicho con la misma naturalidad con la que se menciona que una tortilla lleva cebolla.
Hasta ahí, todo bien. Lo normal. Lo esperado.
Lo que no esperaba era lo que esos tres frascos iban a contarme sobre el estado mental del barrio.
El de la izquierda, el antiinflamatorio, seguía prácticamente lleno. Como si la inflamación fuera un problema que puede esperar. El de la derecha también aguantaba bien el tipo. Todavía queda gente en esta isla dispuesta a pelear por su salud con hierbas y dignidad.
Pero el del medio.
DIOS MÍO EL DEL MEDIO!

El frasco del centro, el que preside la mesa, el que mira de frente… estaba arrasado. Mientras sus vecinos de mantel seguían llenos y orondos, él había vivido una guerra. No una guerra cualquiera, sino una de esas donde al final no queda ni el polvo. Una devastación tan completa, tan honesta, tan sin tapujos, que resultaba casi artística. La gente había llegado, ignorado olímpicamente el antiinflamatorio y el sistema inmune, y había ido directa al centro de la mesa con una determinación que los otros dos nunca tendrán.
—Mira qué mal está la peña —le dije a Eli— que solo se llevan la infusión relajante.
Y nos reímos. Claro que nos reímos. Porque era gracioso.
Y porque era tan cierto que dolía un poquito.
Esos tres recipientes habían hecho en cinco minutos lo que no consigue ninguna encuesta de bienestar: radiografiar el alma del barrio con una precisión brutal. La gente no quiere más energía. No quiere vitaminas. No quiere vivir más años ni tener mejor flora intestinal.
Lo que quiere la gente es paz.
Cinco minutos seguidos de paz.
Poder cerrar los ojos sin que el cerebro empiece a reproducir en bucle las facturas pendientes, los mensajes de WhatsApp, la noticia que viste a las once de la noche y que no debiste ver…
Así que oye. Si mañana entras a Ajo y Agua, te plantas delante de esa mesa de cuadros amarillos, y ves el frasco del centro vacío otra vez, no te sorprendas. No juzgues. El frasco no está vacío. Estamos agotados nosotros.
Y al parecer, en este barrio, somos bastantes.


maravilloso 👏
bravo por esa gran labor 💪🙏